Parejas que duelen

Algunas relaciones de pareja lejos de satisfacer el desarrollo y bienestar personal de sus componentes se convierten en «venenosas», colocándolos en una fina línea que separa el amor con entrega del sufrimiento dependiente, alternando breves períodos de bienestar y placer, con largos y frecuentes períodos de dolor y ansiedad. Se tratan de parejas «enfermas» en las que el malestar está cronificado, incluso en los períodos de tensa calma, cuando a pesar de que pueda parecer que todo marcha mejor, lo único que hacen ambos miembros es retroalimentar esa relación de codependencia negativa y/o destructiva.

Entre otros indicadores de la existencia de este tipo de relación cabrían destacar:

– Inestabilidad en el clima afectivo emocional. Pasar del cielo al infierno con facilidad.

– Falta de atención y reconocimiento, desinterés de uno de los miembros por los logros del otro. Ni siquiera en las actividades que son importantes para quien las llevó a cabo. Se ignoran satisfacciones personales o logros, este desinterés puede convertirse en una clara agresión cuando se tiende más a buscar el fallo con comentarios agresivos o destructivos, que a permitir el disfrute de los momentos felices.

– Inseguridad con respecto al amor. Uno de los miembros no tiene claro si su pareja realmente le quiere o no, provocándole esta incertidumbre una caída en los niveles de autoestima y un sentimiento de ser culpable, no sabiendo el por qué, de esta falta de amor.

– Sentimientos enfrentados. Suele producirse un sentimiento de liberación cuando el otro no está presente, que se vive sin disfrutar por el sentimiento de culpa que provoca ese bienestar. También relacionado con esto aparece la falta de ganas por volver a casa, la admiración, e incluso cierta envidia, hacia quienes pueden disfrutar de actividades compartidas, sin el peligro de una discusión acalorada o una subida de tono en cualquier momento.

– Existencia de un ambiente de agobio, manipulación, descalificación personal,… que puede ser claramente observable o sutil e inapreciable.

– Control continuo por parte de la pareja. Llamadas telefónicas o llegadas inesperadas. Intromisión y no respeto a los límites de lo que es individual. Uno de los miembros sólo es feliz si puede controlar cada movimiento de la vida del otro las 24 horas del día.

– Aparición de síntomas de malestar emocional y/o físico, sufrimiento mediante somatizaciones.

– Boicoteo de iniciativas. Oposición encubierta, o claramente manifiesta, hacia la posibilidad de crecimiento personal del otro.

– Celos enfermizos, que pueden llegar a ser agresivos, en los que quien los sufre vienen acompañados por una acusación al otro de estar provocándoles, poniendo en marcha una espiral de violencia-sumisión.

– A pesar de reconocer que el sufrimiento viene provocado por esa relación, incapacidad para salir de ella.

Teniendo claro que esta relación es perjudicial para las dos personas y que no hay culpables, sino que ambos son víctimas de esta relación adictiva, hemos de considerar que para salir de una relación de este tipo es necesario en primer lugar que ambos tomen conciencia del tipo de relación que tienen. Suele ser habitual que mientras para las personas de su entorno pueda ser evidente que se trate de una relación enferma y viciada, la pareja no tenga la suficiente perspectiva para darse cuenta de esta realidad.

Una vez que la pareja se ha dado cuenta del carácter destructivo de su tipo de relación, es conveniente establecer pautas de respeto, diálogo y negociación, comprometerse ambos en la responsabilidad del cambio y, si es necesario, acudir a terapia de pareja con un profesional cualificado: un psicólogo o una psicóloga.

Si el amor de la pareja es verdadero, en terapia pueden lograrse avances y la solución de sus problemas sin separarse, llevando a cabo cambios importantes en actitudes y comportamientos, con un esfuerzo importante por parte de los dos. Si ello no es posible, la pareja determinará, llegado el momento, que es una relación de la que es mejor salir para favorecer el crecimiento de ambos, el desarrollo de niveles adecuados de autoestima y la estabilidad emocional. Saber soltar no tiene por qué considerarse un fracaso.

Macarena Humanes Galván. Psicóloga col. núm. AO-2146.





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