Abandono en terapia

El reloj avanza y el paciente no llega a su cita. Han pasado veinte minutos de la hora que habíamos acordado. Sin noticias. Me alarmo por si le ha pasado algo. Miro el móvil para ver si tengo alguna llamada suya avisando del retraso o de que no va a poder venir. Miro los mensajes. Comienzo a sentirme preocupada e incómoda. Miro los mensajes y reviso la bandeja de entrada del mail. Tampoco. Llamo por teléfono y no me coge. Mi inquietud aumenta. El sonido del móvil anuncia un mensaje “Perdóna por no haberte avisado antes, he decidido que no voy a ir más”.

¿Así?

En mi cabeza comienzo a tejer una historia, probando con argumentos, buscando justificar por qué este paciente que comienza a entrar en su proceso terapéutico lo abandona, dónde está ese punto en el que decide no acudir más a las sesiones. Me interrogo acerca de sus motivos y comienzo a prestar atención a qué me está pasando a mí con este abandono terapéutico.

Reviso el encuadre, hago una mirada crítica acerca de cómo ha sido mi actitud en la relación terapéutica, si he equilibrado adecuadamente entre el apoyo y la confrontación, y de pronto me encuentro danzando al son de unas de mis situaciones temidas como terapeuta, el no ser suficiente.

Este podría ser un escenario posible en la consulta de cualquier profesional de la psicoterapia. En la mía ha sucedido. Pero también hay otros, como aquel en el que el paciente deja la terapia sin avisar y nunca más vuelves a saber de él, aunque le dejes llamadas y mensajes; o aquel otro en el que el paciente te deja un escueto mensaje en el que te dice “dejo las sesiones por el momento, me han servido para mucho, ya te llamaré”; o aquel en que dice “mañana no puedo ir, te llamo luego”.

Estos escenarios o situaciones no son vividos por mí de la misma manera en la que vivo un cierre de una relación terapéutica, acordada entre el paciente y yo, por los motivos que sea, por traslado del paciente, por motivos económicos, por considerar que nuestra relación ha llegado a su fin y es su momento de caminar solo, sobre sus propios pies, o porque decide continuar avanzando en compañía de otro terapeuta.  Frente a esto, no puedo dejar de sentir tristeza en aquellas situaciones en las que el paciente deja abierta una situación inconclusa, y tiendo a pensar que es una prolongación de su funcionamiento en el mundo, dejando temas abiertos, sin cuidarse y sin poner conciencia en los logros conseguidos ni en lo que queda aún pendiente, sin hacer un verdadero proceso terapéutico.

Pero más allá de estas consideraciones relacionadas con el paciente, me gustaría mirar desde mi posición de terapeuta, ver qué me pasa a mí con los abandonos y ver hasta dónde lo vivo como un abandono del paciente hacia mí, en lugar de como un abandono de la relación terapéutica, o un abandono a su propio proceso. Una mirada de autocrítica y crecimiento que me lleve a explorar acerca del narcisismo del psicoterapeuta, mi narcisismo como psicoterapeuta, y también como relaciono esta posible vivencia de abandono con mis experiencias personales con otros abandonos, o miedo a ser abandonada experimentados en otros ámbitos de mi vida.

Claro que experimentado marchas de personas a las que quería.  Algunas con alegría por el avance de ambos, pienso cuando salí de mi casa cuando me fui a estudiar, o en mi propia hija mayor cuando salió el pasado mes de septiembre dando por finalizada una etapa de su vida y comenzando otra en otro lugar, buscando otros caminos que ya no tienen tanto que ver conmigo. Amistades de las buenas que quedaron atrás. Parejas que no pudieron ser. Familiares y amigos fallecidos. Despedidas lloradas desde el agradecimiento por el tiempo compartido, el reconocimiento a lo que esa relación me aportó y redefiniendo mi vida de forma saludable y adaptativa tras esas ausencias. Cerrando ciclos. En cambio, otras marchas las viví como abandono, cuando me sorprendieron, cuando no entendí las causas o no me las dieron, cuando me aferré a relaciones que eran más significativas para mí que para la otra persona, cuando sentí el desequilibrio entre lo que había dado en relación con lo recibido. También cuando abandoné precipitadamente para evitar el dolor de ser abandonada. Experimenté el abandono aquellas veces en las que sentí que no había cerrado, cuando no dije ni escuché lo que necesitaba, tal vez un “gracias”, un “fue bonito”, un “ya no da para más”, o un “hemos cambiado, has cambiado o he cambiado”, o “nuestro camino juntos termina aquí”. Aquellas veces en las que no pude soltar con suavidad y cuidado, con consciencia, sino que, por el contrario, me desperté de algo así como una anestesia, amputada de una parte de mí misma, a veces de manera más traumática que otras.

Me he preguntado muchas veces qué resorte interno se me activa en algunas ocasiones en las que un paciente decide abandonar, que no cerrar, su proceso terapéutico, y en qué paralelismo con otro tipo de relaciones, si lo hubiese, puedo incurrir en esos momentos que transcurren mientras espero a un paciente que ha decidido, ¡sin contar conmigo!, no venir más a terapia. Como en mi vida, en estas situaciones, me he cuestionado en qué he fallado, en qué no he estado a la altura, en qué no he satisfecho las necesidades del otro, por qué no he sido suficiente…, y si he arañado un poco en mi corteza egoica descubro que no tengo tanto poder sobre el paciente, sino que es la propia relación terapéutica y aún más el paciente, quien tiene la capacidad de sanar su herida, su miedo, su neurosis,… Exfoliando mi narcisimo de psicoterapeuta todopoderosa, capaz de acompañar a cada paciente, puedo entender que el otro decida marcharse, da igual la manera en qué elija para hacerlo, dejando en el aire un proceso para el que quizá no sea su momento, al que tal vez se resista, aunque sea desde el no cuidarse. Y no, no soy poderosa, ni necesaria para un camino en el que mi única función es acompañar.

Lo verdaderamente importante es el proceso del otro que, como en la vida, no siempre avanza al ritmo que me gustaría, a mi ritmo. En terapia como en la vida sincronizamos los ritmos, desde el respeto, desde el amor, desde el cuidado, mirando al otro sin dejar de mirar lo que nos pasa a nosotros mismos.  Y en la relación terapéutica el ritmo lo marca el paciente, solo avanzará en la medida en que esté preparado, por más que incluso él mismo o ella misma tenga prisa por ir dando pasos.

Sí considero que es conveniente tratar la importancia del cierre del proceso terapéutico conjuntamente con el paciente en la sesión de encuadre, aquella en la que los psicólogos humanistas acordamos con quien requiere de nuestros servicios profesionales bajo qué marco va a desarrollarse la psicoterapia, señalarle la importancia de no dejar asuntos inconclusos, la posibilidad de que la terapia va a darse por finalizada en el momento que considere, de hacer balance del punto dónde se encuentra en relación con el punto en el que llegó, de validar sus logros y prestar atención a qué puntos ciegos ha de seguir trabajando cuando esté preparado y con quién decida.

Si al final esto no ocurre así, desearle buen trayecto a nuestro paciente, un trayecto en el que el camino vaya apareciendo cuando se sienta preparado para ir avanzando.

Y a mí como terapeuta, y a quienes como yo se entristecen por estos abandonos de la terapia de nuestros pacientes, ahondar en nuestros propios procesos personales, en los que estamos al otro lado de la relación terapéutica, ver qué nos pasa con esto del abandono, con qué herida conecta. Y supervisarnos como terapeutas como garantía de calidad para nuestros pacientes, una calidad que solo podemos ofrecerles si trabajamos para ellos, acompañándolos en su ritmo, al servicio de su proceso.

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